Ella se asomaba a la ventana, intentando encontrar el sol, los árboles, las caras sonrientes de los niños jugando en la plaza con algún globo brillante en sus manos, con sus juguetes de
cajita feliz.Buscaba ver a aquellos viejitos jugando ajedrez o cartas.
Buscaba a aquellos jóvenes paseando, inmersos en divertidas conversaciones telefónicas, sin miedo a nada.
Se asomaba por todas las ventanas. Pero nunca encontraba lo que buscaba.
Ahora, era siempre el
mismo paisaje.
Rojo. Vacío. Ruidoso, pero sin decir absolutamente nada.
Gente, gritando cosas que
ni ellos mismos comprendían.
Gente que aplaudía
sin escuchar. Sólo para eso servían, pues sus verdaderas voces
ya no eran escuchadas.
Se acostumbraron tanto, que ya, no tenían voz sino para gritar aquellas
consignas aprendidas de
memoria.Personas que sin darse cuenta,
parecían todas las mismas.Sólo en la distancia, se veía alguien distinto, sobre todos los demás.
Aquel diferente, era superior.
Era Él,
el grande.
El líder.Aquella marea roja, tan llena de energía violenta, pero tan vacía al mismo tiempo, lo seguía a él, en las
alturas.Aquel diferente, no vivía en la nube de
palabras vacías en la que estaban todos.
Aquel, conocía la realidad; la realidad que él mismo fue lentamente oprimiendo en sus mentes y corazones.
Él, les hacía creer fervientemente que aquella marea roja era la
felicidad y la justicia.
Pero él, desde aquel gran escenario comandando de lejos el caos, y ella, desde su ventana, sabían que
no era así.
Ella siempre creyó que los
colores eran alegría, y que el rojo simbolizaba el más puro
amor.
Pero era tanto el que había a su alrededor, que comenzó a descubrir que este rojo, no era de amor.
Era de
sangre.
Rojo hiriente y
burlón.El rojo del corazón cuando es utilizado.
El rojo que toma el alma cuando se llena de
resentimiento.Ella, miraba con tristeza su alrededor.
Ya era tarde.Ya los niños no podían jugar con globos y juguetes de cajita feliz. Ya no había cajita feliz. Y si conseguían alguna, eso los convertía en
imperialistas, traidores a la
patria.Ya los viejitos no podían jugar ajedrez, ni cartas. Eso los convertía en lacayos fascistas competidores
apátridas.
Ya los jóvenes no podían caminar sin miedo. Podrían ser víctimas de alguien que al verlos sin rojo, les haría daño.
Todos los venezolanos que se mantuvieron inmunes a la opresiva ola roja, tuvieron que huir.
Escaparon.Aquellos que se quedaron, no resistieron a la opresión.
El miedo
los trastornó.Sus corazones, muertos de miedo, decidieron cambiar el tricolor verdadero, al rojo resentido de todos los demás.
No había otra salida.Era gritar
Patria, Socialismo o Muerte o ser condenado a la
tortura.Con el paso del tiempo, se hicieron
ciegos y mudos.Como los otros.Ella abrió los ojos empañados en lágrimas.
Quiso gritar de rabia, pero no pudo.
Su voz, también había sido opacada.Su garganta temerosa, con el tiempo se hizo incapaz de emitir algún gemido de queja.
Había pasado tanto tiempo desde aquel entonces, cuando el futuro estaba en sus manos y no en las de
él.Hacía tanto que ya no veía muchos colores por la ventana.
Se lamentó con tristeza.
No sabía lo que había hecho.
Ojalá, lo hubiese notado antes.
Ojalá, hubiese escuchado a su corazón y obedecido a tiempo a su juicio, ante el desastre que sus ojos veían.
Pero ya era tarde.
Allí, parada, asomada por la ventana, descubrió las
t r i z a s en las que estaba su Venezuela.
Ojalá hubiese ido a votar,
cuando aún podía.
- Geraldine Ch.